Fiestas populares

Niño Dios
de Sotaquí

La Fiesta realizada en honor al Niño Dios de Sotaquí se realiza el domingo siguiente al día 6 de enero, fecha que coincide con la celebración de la pascua de Negros o Epifanía, y que recuerda la fecha en la que la imagen se consagra en la parroquia. Pero mucho antes la celebración ya se realizaba como parte de un culto familiar que se populariza y masifica hasta tener las características que hoy la hacen una fiesta de santuario con gran concurrencia de feligreses, extendido comercio popular, múltiples bailes religiosos, aunque con poca presencia, en número, de bailes chinos donde históricamente fueron importantes. Además, esta fiesta tiene la característica de oficiarse una o dos semanas después de la de Andacollo, por lo cual antiguamente comerciantes, romeros y bailes bajaban de la montaña al valle a extender las fiestas de la natividad.

El culto al Niño Dios es una tradición que hunde sus raíces a comienzos del siglo XIX. Una leyenda ampliamente difundida cuenta que la imagen del Niño Dios fue encontrada por la meica y sanadora doña Antonia Pizarro, quién junto a su familia la mantuvo por décadas bajo su propiedad. La imagen solo habría llegado al pueblo de Sotaquí recién en 1873, año en que la imagen pasó a manos de la iglesia, luego de que dicha familia, dirigida a la época por los Toro Rojas, la entregara bajo presión a la parroquia. Dicho traspaso significó un pleito largamente extendido entre los intereses de la curia y los herederos de una tradición familiar y local, pero que crecía año a año, entredicho que puede constatarse en los intercambios epistolares ocurridos entre el sr. Toro y el obispo.

Desde que la imagen era celebrada en las serranías de Sotaquí, comenzó a propalarse por los alrededores la presencia de esta imagen de fama milagrera, iniciándose la devoción y culto, tal cual era celebrado el culto a la chinita andacollina. Los lugareños de Sotaquí comenzaron a concurrir hasta la casa de los Pizarro para suplicar al Niño Dios y pedir favores, sumando adhesión al credo local que acababa de nacer, lo cual hacían en todo el transcurso del año. Al fallecer doña Antonia Pizarro la imagen fue entregada a su hija Dolores Rojas Pizarro, quien se encargó de difundir el culto y las celebraciones propias de Epifanía. Una importante romería comenzó a acudir hasta su casa, llegando enfermos a implorar por salud, labriegos a pedir lluvias y abundantes cosechas, peregrinos que, agradecidos, llevaban algún presente a la imagen. Pero, como era de esperar, también se sumaron en forma tan natural como necesaria los bailes chinos de las inmediaciones que danzaban a la imagen en señal de devoción. En este caso, eran chinos devotos de la Virgen andacollina liderados por la familia Gómez Manque, un linaje que desciende directamente de antiguos indígenas mitayos, y que había iniciado el culto a la chinita en el sector desde la segunda mitad del siglo XVIII.

Cuando a fines de 1862 murió la señora Dolores Rojas, su hija doña Josefa Torres de Toro tomó la administración de la imagen, a pesar de que antes de morir doña Dolores hizo manifiesto su deseo de que la imagen del Niño Dios alcanzase culto público en la parroquia de Sotaquí. Quizás como forma de rectificar la poca bservancia de los píos deseos maternales, poco antes de fallecer, doña Josefa Torres testó la imagen del Niño Dios a la parroquia. Pero tras su muerte, nuevamente la familia se resistió a la entrega de la imagen y después del deceso de doña Dolores el conflicto por obtener la potestad de la imagen arreció, pues doña Josefa, en su afán de propagar aún más su culto, llevó la imagen hasta Tierras Blancas, lugarejo contiguo a Sotaquí y donde residían ellos y los jefes de bailes chinos, pertenecientes a la familia Gómez Manque, y del baile de turbantes.

La iglesia, desde la parroquia de Sotaquí y el obispado de La Serena, vio en este gesto una amenaza a sus intereses y entonces intervino. Se generaron una seguidilla de dimes y diretes, pues la intervención del obispo no se remitió a una simple rogativa o solicitud de buenos oficios. Para la jerarquía eclesiástica la negativa de la familia Toro de entregar la imagen a la Iglesia contravenía disposiciones legales, testamentarias y pastorales, de modo que el conflicto provocado por dicha denegación desencadenó procesos judiciales impensados en asuntos tan píos como lo es la devoción de un pueblo. El conflicto entre la diócesis de La Serena y la familia Toro tenía, más bien, los rasgos propios de un conflicto de intereses creados, enmarcados en una distancia cultural y de clase social y económica.

Luego de este conflicto, que se extiende a lo largo del año 1873, la imagen pasa a manos de la parroquia de Sotaquí en un ambiente enmarcado por el enfrentamiento y la usurpación. No obstante, los resentimientos familiares y de una parcialidad de la población, no mermaron la devoción popular por el Niño Dios del lugar, y es así como el 10 de diciembre de 1873 entraba el Niño Dios en solemne procesión a la iglesia parroquial y se iniciaba la celebración pública y los oficios en su honor en el día de la epifanía.

Esta fiesta comenzó a tener un crecimiento y popularidad bastante amplia y se puede decir que por mucho tiempo ha tenido relación con la festividad de Andacollo celebrada un par de semanas antes. Pues, como señalamos, tanto los bailes chinos vienen desde una marcada tradición andacollina, como el comercio y feligreses son los mismos que están primero en la montaña y luego en el valle.

Pero la fiesta de Sotaquí siempre ha sido conocida también por una celebración marcadamente popular, donde lo religioso era una dimensión más del encuentro. En este sentido, Sotaquí viene a ser el correlato o contrapunto popular a una fiesta andacollina que había venido siendo disciplinada y regulada desde las instituciones.

En este sentido es que a Sotaquí llegaban innumerables visitantes y peregrinos de las clases trabajadoras de los valles afluentes al río Limarí, quienes se instalaban en potreros y sitios eriazos de los alrededores, en improvisadas tolderías donde pernoctaban durante los días de celebración de la natividad popular y el culto al Niño Dios, quienes se sumaban a los centenares de comerciantes que durante todo el siglo XX arribaban con ocasión de la fiesta, contribuyendo significativamente al erario municipal ovallino. Estos comerciantes, que venían de todo el departamento y la provincia, instalaban chinganas y centros de diversión nocturna cuando no imperaba la ley seca, abundando cantinas que se atestaban de clientes, quienes asistían también a los cabaret, fondas y otros negocios menos píos.

Por esto es que la policía, pero sobre todo los curas, quisieron imponer siempre un estado de control y orden para frenar lo que ellos denominaban excesos de esta celebración popular, los que en su mayoría se reflejaban hacia la primavera, cuando crecían las tasas de natalidad de mujeres jóvenes debido al libertinaje que, señalaban los padres, se vivían durante las fiestas al Niño Dios, excesos que atribuían al libre disfrute de los cantos, la música y el baile populares. Decía padre el José Stegmeier dadas en la prédica del domingo 8 de enero de 1950 en la parroquia de Sotaquí, una vez ocurrida la fiesta, “En lugar de cantos espirituales sólo se oye el tamboreo, las cuecas, las vitrolas, los cantos disonantes de los curados; más gritos de jugadores y vendedores. Todo este conjunto forma una feria, pero no un ambiente para una fiesta religiosa”.

Pero no fue el único párroco que cuestiona la presencia del canto, el tamboreo y el baile, así como también los excesos del consumo desenfrenado de alcohol, y del sexo inopinado y casual que tienen por natural escenario la chingana y la campiña. Esto fue una constante en las notas e informaciones de los curas que visitaban las fiestas. Pero estas expectativas del sacerdote estaban a considerable distancia del sentimiento popular, en el que se mezclan devoción con alegría, la alegría con abundancia y abundancia con excesos. Pero el mayor abismo entre el párroco alemán y los devotos de la imagen del Niño Dios, radicaba principalmente en el sentido autónomo que el mundo popular se da a sí mismo para interpretar y realizar su relación con lo divino, relación que en muchos aspectos prescinde del clérigo, incluso, en los aspectos rituales que es donde los bailes chinos tuvieron tanto acierto.

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