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Territorio

El territorio a lo largo y ancho del cual se distribuyen el centenar de bailes chinos presentes en el país es bastante amplio, yendo desde Tarapacá por el norte hasta el valle del Mapocho por el sur.

El territorio a lo largo y ancho del cual se distribuyen el centenar de bailes chinos presentes en el país es bastante amplio, yendo desde Tarapacá por el norte hasta el valle del Mapocho por el sur, y desde la costa por el poniente hasta las pampas argentinas de Cuyo y San Juan. De esta forma es que tenemos bailes chinos que así como han surgido en la pampa salitrera del norte grande, lo han hecho a lo largo de toda la costa en pequeñas caletas artesanales, y también entre los vergeles del desierto de Atacama y sus cordilleras ocupadas por mineros, arrieros y campesinos de los nacientes valles transversales, valles con ríos que atraviesan hacia el mar esta geografía a medida que avanzamos con rumbo austral, espacio ocupado en base a una economía y ecología que complementa actividades y recursos, lo cual se observa de manera notable entre Elqui y Aconcagua, valle éste en el cual la planicie central ya se abre con grandes extensiones que apenas son interrumpidas por el macizo andino y por los altos cerros y montañas del secano costero. Es precisamente en este extenso territorio que va desde Atacama a Aconcagua donde se asientan la mayor parte de estas agrupaciones danzantes, espacio que precisamente correspondía al límite norte del Chile colonial, y con una presencia en menor número en los territorios de frontera donde esta tradición pervive, Antofagasta, Tarapacá y Santiago.

Pero el territorio no sólo es amplio sino también profundo, y se define por esos espacios geográficos humanamente significados desde lo doméstico, lo económico, lo político, lo festivo y lo ecológico. Un espacio, un lugar, marcado por lo humano en su individualidad, incluso gestualidad, por un andar permanente y un trabajo que siempre actúa desde los individuos y los colectivos en su esfuerzo por sobrevivir y comprender su entorno, acción histórica que se repite desde los antiguos y que va construyendo una identidad arraigada en el territorio, el cual es entonces escenario de una cierta experiencia cotidiana. El territorio es así, según el antropólogo Néstor García Canclini, un espacio donde

“[…] donde todo lo compartido por los que habitan ese lugar se vuelve idéntico e intercambiable. En esos territorios la identidad se pone en escena, se celebra en fiestas y se dramatiza también en los rituales cotidianos. Quienes no comparten constantemente ese territorio, ni lo habitan, ni tienen por tanto los mismos objetos y símbolos, los mismos rituales y costumbres, son los otros, los diferentes. Los que tienen otro escenario y una obra distinta para representar”.

Es en este territorio donde los bailes chinos históricamente se asentaron y vincularon al sentido cultural que producen en tanto formas de celebración, y esto porque la geografía para a ser un “lugar” culturalmente construido, significado y simbolizado a partir de la historia, la memoria y una experiencia de un nosotros. Aquí cabe entender al territorio como lo hacía geógrafo francés Élisée Reclus, en tanto “la historia en el espacio”. Es en la territorialidad en tanto experiencia humana donde, según plantea Jesús Martin Barbero, se despliega

“[…] la corporeidad de la vida cotidiana y la temporalidad –la historia– de la acción colectiva, que son la base de la heterogeneidad humana y de la reciprocidad… el lugar sigue hecho del tejido de las vecindades y las solidaridades… es la revalorización de lo local… como derecho a la autogestión y la memoria propia, ambos ligados a la capacidad de construir relatos e imágenes de identidad”.

Así la identidad cultural que comparten los bailes chinos se ha ido construyendo en el marco de un proceso de producción de sentido cultural en un territorio concreto y en el marco de una determinada estructura de relaciones sociales, económicas y políticas a lo largo de siglos de historia. Territorio que en tanto geografía cultural genera el marco en torno al cual las comunidades van construyendo históricamente su sentido de lo propio en una red de relaciones entre los diferentes lugares.