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Fiesta de la Virgen del Rosario de Andacollo

La fiesta de Andacollo se realiza en honor a la Virgen del Rosario en dos fechas durante el año: el primer domingo de octubre con ocasión del Rosario y en diciembre desde el 23 al 27 para la natividad popular. Hoy la fiesta se presenta con la complejidad de una fiesta de Santuario, a la cual asisten cientos de miles de peregrinos y visitantes, un comercio popular profuso, presencia e intervención de autoridades locales y eclesiásticas, actividades turísticas y de patrimonialización, así como la participación de un centenar de bailes federados y no federados, en los cuales hay cofradías tradicionales —bailes chinos, danzas y turbantes— y danzantes modernos —de instrumento grueso—, los que responden a estilos y expresiones distintos, que a su vez se vinculan a orígenes e historias específicas. Es todo esto lo que hace que entender la fiesta sea complejo, pues este culto relaciona un espacio territorial muy amplio, sobre todo porque influye con su sistema ceremonial desde Copiapó por el norte hasta Aconcagua por el sur, y desde la costa hasta allende los Andes, siendo el epicentro de su desarrollo los valles de los ríos Elqui y Limarí, donde históricamente se celebró a las imágenes sagradas con bailes chinos, de danzas o turbantes.

Los bailes chinos tuvieron una fortalecida presencia en esta festividad de manera permanente desde el siglo XVI hasta por lo menos 1993, año en que muere el último Pichinga o cacique Barrerino, don Rogelio Ramos. Debido a la gran masificación ocurrida en estos últimos años con la fiesta, la disminución de los bailes tradicionales, así como una presencia cada vez mayor de la Iglesia en las regulaciones festivas, la impronta de los bailes chinos se ha visto afectada notablemente. Pese a ello aún tienen vigencia y dignidad al bailar, soplar y cantar como lo han venido haciendo desde hace cientos de años, revindicando una historia de pertenencia y tradición.

La historia y leyenda popular del culto andacollino se sumerge en las postrimerías del siglo XVI, según señalaba en su Libro de Informes el afamado Pichinga don Laureano Barrera, quien establecía la fecha de 1584 como momento de fundación del “baile chino de las andas de la Virgen”, actual baile Barrera.

Pero la historia de la fiesta se configura a partir de permanencias y cambios, de continuidades y transformaciones, de estabilidades y rupturas. Y en estas idas y vueltas, en estos vaivenes, hemos intentado entender la historia de la fiesta andacollina desde la experiencia común de la población que se hace parte de la fiesta, la que comparte entre sí una serie de características que le dan sentido a su experiencia.

Entre estos elementos históricos destacan una mayoritaria composición étnica indígena y mestiza que da sustento a lo popular como el nuevo espacio social donde confluyen los sujetos sometidos a servicios laborales y actividades productivas que combinan y complementan actividades mineras, agrícolas y ganaderas en los valles y el secano, agregando en las zonas costeras la pesca y la recolección; población que desarrolla por tanto una sociabilidad popular entendidas como experiencia construida en base a un modo específico de habitar el territorio, constituir familias, relacionarse socialmente y formar colectividades. Asimismo, y de forma paralelo, existió un determinado alcance territorial y jurisdiccional de Andacollo que permite, desde la fundación de la doctrina en 1580, vincular administrativamente los valles transversales circundantes y facilitar la influencia decidida que la cofradía de la Virgen tendrá en la dimensión festiva y ritual desde 1676, al difundir y promover este culto de raigambre minera en los valles próximos y lejanos mediante mayordomos y procuradores (Copiapó hasta La Ligua, incluyendo a las provincias argentinas de Cuyo, San Juan y otras). Si a todo esto le sumamos una práctica de relaciones, movilidad y migración de la población al interior del Norte Chico (entre valles, hacia las ciudades) y hacia fuera (principalmente al Norte Grande, la zona central y Argentina), tenemos un conjunto de factores incidentes en el surgimiento, desarrollo y proliferación de estas colectividades a lo largo de todos estos siglos, y que principalmente en los siglos XVIII y XIX permitió la formación de muchos bailes basados en la solidaridad y transversalidad de sus integrantes frente a la violencia y jerarquizaciones de una economía de los patrones y el poder de un capitalismo en germen y consolidación.

En un inicio, durante los siglos XVI y XVII, la fiesta debió haber sido bastante pequeña, participando los escasos habitantes de un poblado compuesto por españoles, mestizos que incipientemente habían sido peonizados, indígenas tributarios de encomenderos de las zonas de Elqui y Limarí principalmente, y algunos indígenas “libres”. En este contexto, el mundo popular canalizó su devoción como siempre hizo, con danza y música ritual. Esta expresividad parecía tener en esta época una clara inspiración indígena y de mascaradas —dado el despliegue estético y efusivo del catolicismo popular ibérico—, por lo cual se enfrentaba a las acciones piadosas y elitistas de la clase dominante, quienes ejercían coerción y control sobre la sociabilidad popular, buscando siempre disciplinarlas, fuera a través de los curas o mediante las autoridades y vecinos notables.

En este marco, tanto la designación de Parroquia en 1668, como la compra de la imagen en 1676, son eventos que marcan el origen oficial de la fiesta de la virgen del Rosario de Andacollo, y el inicio y formación de la cofradía en su honor. Esta compra colectiva de la imagen marcará una suerte de dominio que los indígenas sienten por la imagen, lo cual se heredará a los bailes chinos, pues de la compra, decía el padre Principio Albás, “viene el derecho que siempre han creído tener los Bailes de Chinos de la Virgen, descendientes de los primitivos bailes de indios, a la imagen de la Virgen, en cuyo coste tomaron buena parte”.

A nivel económico, a medida que en el siglo XVIII se van peonizando las fuerzas productivas mineras del Norte Chico, se despliega la campesinización y se profundizan los vínculos productivos con otros territorios, a la fiesta se van sumando más devotos que llegan a rendirle culto desde los pueblos de los valles y territorios circunvecinos: Elqui, Limarí y Hurtado primero, luego Huasco, Copiapó, Choapa, Petorca e incluso Argentina. Así, la importancia de la fiesta fue socializada y difundida tanto por la población indígena forzadamente arrastrada a este asiento de minas, como por los pirquineros, inquilinos, labradores y peones mestizos, quienes propagaron y promovieron a la chinita milagrosa hasta generar una concurrida y masiva fiesta, situación que estaba consolidada a fines del siglo XVIII, cuando en 1773 la fiesta había adquirido ya la magnitud que tiene actualmente al cambiarse su celebración para la navidad.

Según hemos podido establecer a partir de una revisión exhaustiva de documentación y literatura especializada, hacia 1843 se habían fundado bailes chinos y bailes de danzas, además de en Andacollo, en los pueblos y localidades de Limarí, Huamalata, Sotaquí, Tamaya, Tambillos, Coquimbo, La Serena, Quebrada de Talca (Elqui), Alto de Rojas, Algarrobito (Cutún), La Chimba y Ovalle, quienes asistían a las fiestas y consolidaban la influencia del culto andacollino en el eje de los valles de Elqui y Limarí. Y a fines del siglo XIX se multiplicaban bailes en otros lugares como Coquimbito, Copiapó, La Compañía, Villaseca, Arqueros, Panulcillo, La Pampa, San Isidro, Barraza, Cerrillos, Santa Lucía, La Torre, La Higuera, Lagunillas, Pachingo, Punilla, Valle Hermoso, El Molle y El Peñón, entre otras localidades desde donde venían los promeseros de la virgen a cumplir su devoción con música, canto y baile. Y es este proceso de popularización y propagación del culto andacollino, y con ello de su sistema ceremonial de bailes chinos, danzas y turbantes, que se conforma la figura y autoridad del Pichinga, espacio de poder popular que permite realizar y regular la fiesta precisamente en torno al baile local de Andacollo, encargado de custodiar y proteger la imagen durante sus traslados.

En la historia de la fiesta un hito significativo fue la construcción de la Basílica, encargada por el obispo José Manuel Orrego y recién terminada dos décadas después, en 1893, durante la regencia del obispo don Florencio Fontecilla. Este monumental edificio contrastaba, y lo sigue haciendo hasta hoy, con la humildad, reducido tamaño y simpleza constructiva del poblado de Andacollo, lo que es un signo más que visible de la importancia que adquirió la fiesta para la Iglesia, cuya vocación por el control institucional comienza precisamente en la década de 1880 con las primeras medidas que buscaron reglamentar los bailes y hacerlos conducir directamente por los curas. Este intento estuvo marcado por el enfrentamiento orgulloso y decidido del Pichinga Laureano Barrera, acciones valerosas que le han valido toda la prestancia que tiene para la historia popular andacollina.

Este sistema de mando se extendió durante siglo XX, siendo destacados pichingas barrerinos don Félix Araya, quien dirigió a las hermandades entre inicios de la década de 1940 y 1972, y don Rogelio Ramos que lo sucedió hasta 1993, momento en que muere y por mandato del obispo Francisco José Cox se interviene el cacicazgo y se rompe con la tradición de los pichingas barrerinos. En ese momento eran mayoría los bailes de instrumento grueso, quienes comenzaron a aparecer de manera numerosa, por influencia de la festividad de La Tirana, desde la década de 1960, cambiando de manera notable la configuración festiva y ritual de la fiesta tradicional. Este proceso se fue acentuando y profundizando hasta llegar a lo que presenciamos hoy en día, donde en su mayoría son bailes modernos los que lucen sus sonidos y danzas en las fiestas de la chinita.

Actualmente participan de la fiesta alrededor de una veintena de bailes chinos, de danza y turbantes, siendo en cambio de una centena los bailes de instrumento gruesos o danzantes modernos. Esto ha supuesto una transformación sustantiva en los sentidos populares de esta festividad, lo que ha contribuido a una conducción eclesial de la fiesta que no tiene contrapeso desde el campo popular, amenazando con esto la sustentación de una celebración que tiene sintonía con la base histórica y cultural de la población nortina