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Baile Chino nº 2

Tamayino de Ovalle

Tradicional Baile de Andacollo, con más de 200 años de existencia. Se carcateriza por ser un baile familiar y muy identificado con la tradición andacollina, sus chinos y pichingas. Hoy es dirigido por Francisco Galleguillos, nieto de Francisco Lizardi, chino renombrado y de gran importancia durante los siglos XIX y XX.

El origen del actual Baile Chino Tamayino se remonta a la mina San José, en el cerro Tamaya, valle del Limarí, faena minera que brilló por su importancia en la segunda mitad del siglo XIX. Don Cipriano Galleguillos recuerda que «el baile nuestro, nació en Tamaya, en el mineral de Tamaya que está al sur [poniente] de Ovalle. Hay un mineral que fue muy rico… en los años de 1800».

A diferencia de la mayoría de los bailes religiosos de la región, este es un baile de complexión dual puesto que desde tiempos antiguos ha tenido una rama de chinos y otra de danza. Así consta en algunos relatos y testimonios antiguos, como se lee en el texto de un canto de don Francisco Lizardi Monterrey registrado en 1927, donde recuerda que la rama de chinos había sido fundado en 1833 por Antonio Rodríguez, primer jefe de la hermandad, quien fue sucedido por don Cirilo Lizardi, padre de don Francisco. Se sabe que el baile de danza y el baile chino estuvieron unidos desde 1863, y así se presentaban en las fiestas andacollinas.

Como muchos otros bailes religiosos de la época, el Baile Tamayino aglutinó en sus inicios una serie de familias —por ejemplo, la de su fundador, don Antonio Rodríguez—, estableciendo una dinámica de ligazones muy estrechas y horizontales.

Pero ya a mediados del XIX comenzó a descollar entre todas la familia Lizardi, desarrollando un liderazgo que la posicionó por sobre los demás linajes integrantes que, aunque seguían participando, estaban supeditados a la voluntad y parecer de este Lizardi. La principal causa de esta supremacía radicaba en la capacidad que poseía este grupo familiar para ejecutar medidas acordes a las necesidades de funcionamiento del baile. Este tipo de liderazgo, que en ningún caso excluía la participación de otras familias, dio origen a un tipo de hermandad que se la conoció como baile familiar. La permanencia de este tipo de bailes en la historia y la cohesión de una familia es algo muy gravitante y, según las propias palabras de don Cipriano Galleguillos, comporta un tipo de bien espiritual y cultural que solo se puede delegar y transferir como auténtico patrimonio familiar que debe heredarse de una generación a otra.