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Baile Chino

Cay Cay de Olmué

En Cay Cay, según cuentan los antiguos, al baile chino fue fundado por las familias Reyes y Morales, habitantes de estos callejones desde al menos el siglo XIX. En el estandarte de la cofradía, que acompaña al baile en la procesión, se registra la fecha de fundación en 1865. Esta no es una fecha oficial, sino un cálculo que hace pocos años atrás han hecho algunos caycainos, basados en lo que los viejos chinos han contando sobre sus abuelos y el baile. Podemos señalar que dicha fecha es producto de la oralidad y la memoria, y no de algún registro o documento oficial.

Hoy en día el baile chino de Cay Cay sigue estando conformado por unas cuantas familias vinculadas por parentesco, afinidad y vecindad, donde el pilar principal del baile y la fiesta es la familia Reyes Ahumada. Son los hijos de doña María Ahumada y de don Heriberto Reyes los que, junto a las familias Figueroa y Morales, más otros vecinos y parientes, año a año organizan la fiesta y llaman a la participación de la comunidad y bailes de diferentes localidades de la zona baja del Aconcagua, destacando las hermandades de los Hermanos Prado, la Gruta de Lourdes, Granizo, El Carmelo, Las Palmas de la Quebrada de Alvarado, Cruz de Mayo de Tabolango, Loncura, Puchuncaví, entre otros.

En la fiesta patronal de Cay Cay, celebrada el último domingo de noviembre de cada año en honor de la Virgen de Lourdes, una de las prácticas más destacadas por la comunidad y los visitantes es el “recibimiento” que realiza la cofradía de chinos y las familias anfitrionas de la localidad al resto de los bailes invitados que efectivamente llegaron ese día a festejar.

El recibimiento consiste en la habilitación de los espacios y preparación de los alimentos necesarios para atender a los bailes visitantes y sus familias, de manera que las delegaciones invitadas se sientan a gusto durante el día de fiesta. Definido bajo los signos de la hospitalidad y de una buena mesa, contundente y generosa, el recibimiento es un hecho social complejo, dado que involucra, en su acontecer, varias dimensiones de lo social. Mucho del esfuerzo organizativo previo a la fiesta está abocado a lograr el mayor de los éxitos y satisfacciones en esta práctica de buena hospitalidad.

Toda una economía del trabajo comunitario se rearticula para este fin: recibir a los bailes y sus familias para homenajear a la imagen patrona. En los días anteriores a la fiesta se trabaja en el arreglo de los espacios, tanto en los comedores como en el altar y la calle por donde pasará la procesión con sus chinos. El dinero y los insumos necesarios se van recolectando en la comunidad a través de pequeñas actividades para reunir fondos, como la rifa y el torneo de rayuela, además de contar desde hace una década con aportes de fondos culturales de la Municipalidad de Olmué.

Son las mujeres, encargadas también de adornar el altar y el ‘anda’ con la imagen que va en procesión, las responsables de alistar los ingredientes, prepararlos para su cocción y servirlos a todos los visitantes, invitados y ‘allegados’ durante la fiesta, en dos oportunidades: durante el almuerzo y la cena, aunque por la falta de apoyo de los últimos años se ha privilegiado sólo el almuerzo. Las mujeres, lideradas por Lonsa Reyes Ahumada, adquieren aquí un rol crucial, imprescindible, aunque discreto para los ojos de un espectador externo. “Se trabaja por devoción a la virgen” se le escucha decir insistentemente a las mujeres, mientras realizan, comprometidas, sus labores, que año a año se sobrecargan aún más debido al decaimiento de colaboradores.

Si son el orgullo, el prestigio y el esfuerzo los códigos que marcan el itinerario devocional de un baile y de los chinos en sus presentaciones, son también esos códigos los que marcan el recibimiento que una comunidad hace de sus invitados, ya no desde un orden estético religioso, sino más bien ligados a una producción culinaria y de relaciones sociales. Los invitados tienen que irse totalmente satisfechos, y los chinos, en particular, recibir la energía y calorías necesarias para tener la fuerza para danzar y tocar la flauta todo el día.

La comida debe ser abundante y alcanzar para los más de quinientos platos que ese día se servirán, tanto en el almuerzo como en la cena. Y si a la fiesta concurren todos los bailes invitados, el número de platos a servir puede llegar a un millar o más.

El menú tradicional del recibimiento consiste en un buen plato de carbonada, acompañado de pebre y ensalada, la que en general es chilena —tomate con cebolla y cilantro—, pepino y/o repollo. Antes, el plato típico era cazuela de primero y charquicán con carne de segundo, sin embargo ya no se hace, porque era mucha comida y la gente no lo comía todo. Además está el alto costo de la carne.

La carbonada es una buena transición entre ambos platos, pues contiene de todo, y sobremanera carne. Ese modo de prepararla, en una sopa, permite que rinda más y otorgue contundencia al alimento. Dado que los anfitriones se jactan de la cantidad de carne que lleva la carbonada, este alimento es, sin lugar a dudas, sumamente prestigioso.

La preparación comienza el día anterior a la fiesta, el sábado, con el pelado y picado de los vegetales, debiéndose dejar todo listo para el armado y preparación que será temprano al otro día. Todo esto se realiza bajo un toldo instalado en el patio de una casa, próximo a la entrada a la gruta, donde se ubican la cocina y el comedor. Papas, ajo, cebolla, zapallo y zanahoria, entre otros, son limpiados y trozados para así al día siguiente sólo “armar” la carbonada. Por su parte la carne es picada en otro sector del toldo, tarea que es realizada principalmente por hombres. Este momento de preparación es una instancia social que las mujeres aprovechan para conversar, recordar y reír. Se habla de la preparación de la fiesta, los maridos, el arreglo y la elaboración de los gorros y la ropa, de los bailes que se comprometieron en llegar.

Resulta interesante el hecho de que si bien la cocina es un espacio femenino, la cocción y el armado se llevan a cabo afuera de ésta, al aire libre, siendo realizada por hombres, con un maestro de cocina que es ayudado por otros hombres que preparan y controlan el fuego. Se trata de un espacio donde casi exclusivamente se ubican hombres, quienes mientras cocinan en torno al fogón, beben y conversan. Eso sí, asesorados siempre por doña Lonsa, dueña de la casa donde se instala la cocina y el comedor.

Varias de las verduras que lleva esta carbonada, así como las ensaladas servidas para la fiesta, se cosechan en la zona y en Cay Cay, permitiendo que sean donadas por los agricultores locales o conseguidas a muy bajo precio por los comerciantes cuando vienen de otros valles. Estos agricultores o comerciantes de ferias locales muchas veces son los mismos chinos o personas vinculadas a la cofradía. Por lo que aquí vemos lo que hemos dicho en otros lugares sobre estas cofradías populares, la economía del plato de carbonada es, pues, una economía de la reciprocidad vinculada a la producción y comercialización agrícola local.

 

* Texto confeccionado con la colaboración de Florencia Muñoz, antropóloga.